Me vigila esta expresión somera que vísteme en acorde sinfonía y me tiende, tal lagarto perplejo, sobre la tierra húmeda, y quédome quieto, tratando de que el silencio mantenga guardada la motivación que me embarga. Veo el variopinto que fulge entre las demás especies, todas otras flores de despampanantes colores, cuyo romanticismo trazó líricas en el trajín humano y que les embriaga cuanto puede esa razón de la que vanaglórianse ... pérfidos humanos y estúpidas otras flores ... esa variedad congénita en lo que nos pertenece como familia, perfecta diagramación cromática sobre la faz decadente del nuevo mundo, veo que sigue tan de pie como en el amanecer del primer contacto con el hombre. ¡Idiotas suicidas todas!
Delirio en plena conciencia me propuse, y estar en constante vela, mas extasiado, es todo lo que atáñeme.
Se plantan erguidas, firmes y brillantes, como si confiasen ciegas en que de metal perfecto sus tallos son, y ni siquiera lidiar con el viento pueden. Arrímanse las unas tras las otras, en filas y columnas, disponiendo en una irreal consecuencia orgánica el patético devenir de seres efímeros. Estas otras flores se revuelcan en la tierra e inyectan sus patas tiernas, empotrándose en su asilo personal. Vienen cargadas en moléculas aéreas, recorriendo la existencia visible y aún con todo, se subyugan. Miran el horizonte porque necesitan divisar a su captor, y se alegran. ¿Quién recoge la flor? ¿Es el más valiente o acaso el más cobarde? El que sábese poderoso, pues en el control de todo define su validez, o el débil que reafirma su endeblez, despotricando rabioso contra la naturaleza circundante, segando con el ceño fruncido el cultivo y el pequeño ganado. ¡Y estas cambiaformas piensan que aquello es relevante! ¡Ínfimas!
Si ha de troncharte la vida quienquiera lo haya planteado de tal guisa, ni su causa ni su destino son piezas transversales en lo que debiera ser nuestro inmejorable tribunal.
Que ni mal quisiese para ellas, aunque dilatadas sus emociones y sus cuerpos tienen, aún así y no de otra forma puedo yo enculpar el sufrimiento que se inflige en la propia dirección. No absuelvo el compromiso que propusieron ni nada menos, ni la tomo como exhumación a la culpa tal si el desbordante arrollar de su idiotez fuera azaroso. Se les hinchan los pétalos en cuanto sienten al toqueteo del opresor y luego, en un destello fulminante, desaparece la sensación que las tenía ebrias, transformando ese placer iluso en ineludible muerte.
Es pues tal cosa que me apoderé del veneno y envuélvome en la malla orgánica de no otro motivo que la protección mía. Supervivencia. Que mi existencia se enfrente en calma frente al ataque, que cuando no me vean no siéntanme peligroso. Yo estoy siendo simplemente el que espera inmóvil y en paz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario