-¡Un unicornio!, un cebo grueso, una postal escrita con tinta blanca. ¡Un pedazo de carne mágica!
"Sofista metamágico" lo llamaban los otros. Procuraban hacerlo siempre a sus espaldas, pues aún sabiéndose reyes de la razón, miedo albergaban por el confuso rechinar de sus dientes y la velocidad exagerada con la que movía los dedos. De cualquier forma tenían temor a que, no sabrían cómo, realmente pudiera expulsar esa magia desde la boca, aunque fuera el más mínimo destello de probabilidad aplicable. No, ni siquiera, aseguraban con reflexiones naturales, mientras levantaban la barbilla, de la universal imposibilidad en cuanto a aquello; era horror infantil en teoría simple, evocaciones de épocas reprimidas, recuerdos fatuos de la oscuridad que los ponía a llorar de niños, empotrados y temblorosos en las esquinas de altas habitaciones frías. El gótico edificio que albergaba al internado carecía de la rosa cromática y la temperatura adecuada para la educación juvenil, incluso para el desarrollo humano. Decían (pues les dijeron esto al principio) que tenían la protección del dios intelectual y el sentido común, y con eso alimentaban a la enjuta bestia que les pertenecía internamente. Su pilar fundamental no era más que ese. Los establecimientos educativos del s.XXII eran bastante especiales, castrenses aunque promulgaban la perfecta paz. Ni distaban mucho del modelo anticuado y antiadecuado (así lo llamaban ellos) que proliferaba hacía cinco siglos atrás y que tanto más reprobaban poderosamente, aún cuando en su lema descansaba escrita la absolución de todas las emociones negativas.
-Debe ser oprimido, otra consecuencia es fútil. No hay remedios probables, es el claustro o seguir desesperándonos con su esquizofrénica letanía.
-No podemos oprimir a nadie ni nada de ese nadie.
-Reprimir. Detener con silencio.
-¿Forzado? No lo dices, mas es lo único que se presenta viable. Para nada plausible.
-Forzado, claro. Silencio resultado de la fuerza, nuestra razón ni lo roza, menos lo va a mover. Perdió el sentido común de su intelecto quizás cuándo, ya nadie recuerda la primera verborrea.
-Yo no la recuerdo.
-Yo no la recuerdo.
-Yo no la recuerdo...- Y así diez y seis personas distintas, todas embutidas dentro de un largo hábito anaranjado con líneas negras verticales desde la cabeza a la cintura, ordenados sin intención aparente según su experiencia/tiempo en la escuela, los más veteranos cerca del metamago y el resto hacia atrás.
-A mi nada más se me ocurre, no hay otra idea conjugándose en mi cabeza. Requiero unanimidad, sería terrible pensar siquiera en ejecutar con alguno o algunos de ustedes en contradicción. Yo hoy tomo voto de silencio, esperaré al alba por la razón ganándose sus voluntades. Me confino voluntariamente 10 horas desde ésta, que el sol que nacerá mañana nos reúna en plena sabiduría.
Quedóse mudo y con él todo el resto. Al sofista lo seguían escuchando pero sin prestarle atención. Hubo dispersión total y luego nadie habló con nadie, todos completamente ensimismados en instancias de reflexión esa tarde y descanso mental habría en la noche.
-¡Dos puentes de gas rojo con encajes de animales salvajes! Mi vida expuesta en un circo, traumas colgando desde la soga más alta y mi virilidad expulsada con rabia desde el cañón, metida a la fuerza en el casco del hombre bala. ¡Tres elefantes aplaudiendo mi espectáculo!
Inevitable, por sobre el cordel rocoso y completamente desnudo, el sol asómase en plan conquista. "Hoy toda esta tierra será mía, otra vez, por horas y horas". Quienes rezaron toda la noche por una noche infinita fueron derrotados, y los que aparecían sólo con las tinieblas, erguidos y funestos por sobre sus sombras, fueron encorvándose y gimiendo por una tregua de mediodía. El vino y la poca vergüenza se desvanecían por completo con las apariciones lumínicas entre las grietas de las paredes, cada borracho giraba lentamente sobre su trozo de papel y suelo, tratando de encontrar un par de horas más de madrugada. Obligatorio; el triunfo de la estrella se repitió otro día más.
Y así también se supo entre el metamago y sus jueces.
La luz entraba en ondas suaves por la ventana más alta de la habitación, misma pieza donde se comulgó una idea de quiebre para con aquel mago argüidor. Las solapas se dejaron caer sobre los brazos, todas las capuchas se estiraban en pliegues sobre todas las espaldas. Un silencio gobernó el espacio por varios minutos. Era el rito, ni nervio ni confusión había. Tal como el sol, de aquellos hombres tan sólo brotaba claridad.
-¡Cinco notas arrancan asustadas de mi laud! Hice una canción para ustedes mientras dormía, tiene acordes que les romperían los oídos a los gigantes de piedra. La letra yace derramada sobre el manto sagrado de todos los ángeles muertos en todos los museos que conocen, son trazas de sangre las que arman las palabras y las oraciones y mis enojos. No la cantaré, nadie lo mereció. ¡Ocho puntos cósmicos sobre mi delantal! ... ¡Trece es el número de la magia que armé, es el número donde nos cruzábamos y fuimos eternos por separado!
Se pasaban un trozo de buen papel, de izquierda a derecha; cada uno leía lo anterior y correspondía el mensaje escribiendo una palabra. Todas las palabras eran la misma palabra. Luego de la última escrita, envuelto se devolvía el rollo blanco, cilíndrico perfecto, limpio, portando una verdad que será ocultada en fuego posteriormente.
Entonces se oyó: -Que lo que acá se comulgue acá se defienda y acá se comprima a la absoluta discreción. Lo que todos hemos prometido todos hemos de proteger. Que lo que ahora suceda inmediatamente luego se calle. Con fuego-
-Con fuego.
-Con fuego.
-Con fuego... - Y así diez y seis personas distintas repitieron lo mismo.
Apenas se sintieron los movimientos ejecutados. Para el mundo fuera de la gran puerta que tenían a sus espaldas, no hubo evento especial. El sol no había alcanzado todavía un grado más en su curvatura. Tan sutil, que dos pequeños pájaros azules posados sobre el pilar de la ventana entreabierta ni siquiera pusieron atención, y todos sabemos que aquellas criaturas huyen apenas les miras las patas. En el círculo de hombres que se conformó perimetralmente, uno podía decir que sólo había quietud y podía adivinar que nada sucedía en el interior de su diámetro. Para el dios del intelecto y el sentido común, aquel sólo había sido un concilio de un minuto.
-Nadie recordó la primera pendejada ni nadie tampoco la última.
Siguió entrando luz del sol como siempre, la mañana se instaló habitualmente en el recinto. Entre quienes sabían y quienes no, nadie podía notar diferencias.
La ejecución casi romántica, aparentemente la apología final al éxito de la razón.