Hoy no será la excepción, hoy voy a tomar presencia acá mediante otro cuento que se vaya inventando junto a conversaciones por teléfono, la revisión del correo y el incesante dibujo digital.
Prístina
Va pasando a través de la ciudad entre calles poco recurridas. No quiere ser vista, prefiere la sorpresa; saltar sobre el condenado o condenada en un acto del azar, un movimiento imbuido en temor; nerviosos todos los que saben pueden ser abordados por ella.
Es temprano por la mañana, van apenas dos o tres horas de sol. Del cielo se apoderaron grandes nubes oscuras la madrugada anterior, y entre distintos tonos de grises se cuelan cobardes delgados brazos de luz. No se avistan aves surcando la altura, aún cuando el viento que se cuela entre edificios es rápido y fuerte; su poder hiende duro en los pocos caminantes de la ciudad, la brisa es una marejada sin agua y en la costa conocen el poderío de las ráfagas que nacen en el océano y que no mueren siquiera al alcanzar aquellos cerros de colores. Todo lo que sucede es vaticinio de nada bueno.
Ella se dispersa con gracia, ante un obturador regular su cuerpo pareciera multiplicarse. Controla el vínculo entre sus moléculas, se desliza suavemente entre los hilos de aire, en partículas transparentes. Se deja ver entre tanto, mas en la amplitud del tiempo, su estancia aunque sublime, es invisible. Nadie decide su encuentro sino ella.
Nunca toma forma humana, a no ser que por un mínimo error de cálculo -es el legado por haber vivido alguna vez entre los dioses del hombre- sea estricta una presentación elegante y delicada frente a la presa. Nadie puede sentir y hacerse noción de que se enfrentó a ella, no pueden haber recuerdos sensibles que lleguen a presentar en realidad su existencia. La memoria de estas criaturas podría ser intervenida por alguna autoridad superior, tal vez uno de esos miles de dioses que los hombres mataron durante su historia u otro de esos tantos seres extraatmosféricos que mencionan de cuando en vez en los medios; ella no puede arriesgarse a nada. Entonces cuando algo así sucede, adopta la forma del humano preciso (indaga en el inconsciente de la víctima y busca la figura adecuada, teniendo presente todas las variables a considerar, como ubicación geográfica, presencia en el tiempo, posibilidad de habitabilidad y/o cualificación psicosocial del momento) y luego, tal mucama nueva, arregla una situación serena y coloquial, como sueño vívido, donde la persona-víctima no logrará siquiera pensar en la ficción.
Pero eso ha pasado tres veces en dos mil cuatrocientos años. Ella corrompe con precisión neuromecánica, la tolerancia de no éxito es ínfima, impropia, casi como si fuera parte del segmento de la parábola que roza pero nunca toca el cero. A escalas infinitesimales, tanto como la muerte, ella es ineludible.
Ella es el mesías original del Caos.
Se suelta, hace de sus miembros extensiones sin borde. Procura elevar el manto bajo su rostro sino a la mayor altura posible. Lanza la red, son millones de disparos mentales cayendo como ráfaga de metal y fuego. Invisibles, todas las premisas enviadas se cuelan entre pensamientos, ideas y reflexiones. Caen afiladas lanzas entre circuitos cognitivos, el dolor diario comienza a germinar, no hay medicamento que alivie la realidad habitual.
Aquel que fue alcanzado por algún impacto frunce el ceño, vuelve a recordar que ya está muerto y que no tiene relevancia alguna el plan programado para hoy. Suelta el esfuerzo que lleva cargado en su cuerpo y se detiene dos a tres segundos. En silencio mira al cielo y en su cabeza ocurre poesía que no podrá plasmar. Cierra los ojos, las tres mismas frases de siempre. "Es la rutina, no somos nada, un día menos en este infierno". Como si no hubiera pasado continúa con su travesía, cargando sobre la testa el remordimiento finito de la existencia humana.
Pero eso ha pasado tres veces en dos mil cuatrocientos años. Ella corrompe con precisión neuromecánica, la tolerancia de no éxito es ínfima, impropia, casi como si fuera parte del segmento de la parábola que roza pero nunca toca el cero. A escalas infinitesimales, tanto como la muerte, ella es ineludible.
Ella es el mesías original del Caos.
Se suelta, hace de sus miembros extensiones sin borde. Procura elevar el manto bajo su rostro sino a la mayor altura posible. Lanza la red, son millones de disparos mentales cayendo como ráfaga de metal y fuego. Invisibles, todas las premisas enviadas se cuelan entre pensamientos, ideas y reflexiones. Caen afiladas lanzas entre circuitos cognitivos, el dolor diario comienza a germinar, no hay medicamento que alivie la realidad habitual.
Aquel que fue alcanzado por algún impacto frunce el ceño, vuelve a recordar que ya está muerto y que no tiene relevancia alguna el plan programado para hoy. Suelta el esfuerzo que lleva cargado en su cuerpo y se detiene dos a tres segundos. En silencio mira al cielo y en su cabeza ocurre poesía que no podrá plasmar. Cierra los ojos, las tres mismas frases de siempre. "Es la rutina, no somos nada, un día menos en este infierno". Como si no hubiera pasado continúa con su travesía, cargando sobre la testa el remordimiento finito de la existencia humana.
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