Nómade
Un terrible relámpago cruza el oeste, entre nubes púrpuras, sobre las cimas desnudas. No hubo nieve aún en la columna rocosa que se erige en aquel borde, las temporadas fueron alternas y crueles con estas tierras. La luz difractada en el negro cielo actúa como alarma, recordatorio de una caminata que debería ejecutarse pronto. Se va desvaneciendo el espectro de colores metálicos dentro de la atmósfera; los reflejos, entre tonos rojos y azules, presentan nuevas vestimentas sobre las estrellas que se mueven encima de las montañas. La osa se desprende de la soga cósmica que la detiene y pareciese volver, zigzagueando, al punto donde comenzó a germinar antes de que se ocultara el sol. O así al menos le pareció a él.
-Qué hermoso es el firmamento, limpio- dijo.
Tres géneros opacos un tanto gastados se sube al hombro derecho y con delicadeza vuelve simétrico ese peso. Al otro lado cuelgan sogas de buen cáñamo, selladas en aceite animal y el sol secante del último verano. -No pueden ser más firmes- dijo. Cruzando el negro cuello, quemado por cien cacerías diurnas, va una bolsa de material vegetal que tanto le sirve de saco como de protección. -Los insectos que sobreviven al frío pican fuerte- dijo. Un pequeño remedo de sombrero, curtido en cuero con incrustaciones transversales de finas varillas de madera, cubre sus orejas y la circunferencia más alta de su cabeza. El resto no necesita de nada, la dureza de su rostro es escudo inagotable, regalo de décadas caminando entre bestias y dioses. -Mi mirada tiene que ser completa y el resto de mis sentidos faciales amplios, descubiertos- dijo.
Sus ropas son la síntesis máxima en cuanto a vestiduras; si pudiera ahorrarse una costura, lo haría. Un amplio bolsillo impermeable cuelga delante de su torso, cuatro lo hacen desde sus pantalones: dos abiertos por delante y dos cerrados con broches de piedra por detrás. -No puedo cargar más que lo estrictamente necesario- dijo.
En su muslo derecho, entre la tela y su mano relajada, descansan tres cuchillos de distintos tamaños y diferentes propósitos cada uno. Todos metálicos, sólo uno fue puñal siempre, los otros dos artesanías otorgadas por los golpes contra las rocas y encuentros afilados con otros restos ferrosos.
Sobre el frontis de su otro muslo y la parte más baja del estómago, apoyada verticalmente aparece una riñonera amplia donde guarda de la manera más eficiente posible todos los alimentos. Hay comida para, al menos, una semana ahí, y de llegar a ser necesario, racionándose militarmente, podría sobrevivir 10 días con eso. - No puedo llevar nada más ni nada menos - dijo.
Lleva las manos vacías, sabe que comenzando la travesía, desde el primer silencioso paso, las necesitará libres y tranquilas para todo el espectro posible de sucesos.
Hace oídos sordos ante cualquier vibración, no hay sonido que lo perturbe. Toda existencia material es invisible para él. Ahora existe únicamente el trazo implícito bajo sus pies, la idea de movimiento perpetuo. Ya hay que cambiar de lugar.
Suena el primero de los bocinazos. Un aviso de seguridad.
El tráfico es abultado para lo alta que es esta hora esta noche.
Tres pasos por cada pie, perfecta diagonalidad dirección sureste respecto a la calle que atraviesa. En ritmo aparecen los sonidos de media docena de bocinas en tonos distintos. Una orquesta de viento entre plástico y metal.
En segunda fila asómase a velocidad promedio un microbus azul medio vacío. Fue suficiente, no alcanzó a dar el cuarto paso con el pie derecho.
La eternidad no es siempre en conciencia. -Se es infinito tanto en el sueño como más allá de la permanencia física; no eres solamente la biología que pisa la tierra, eres más- le dijeron.
Continúa moviéndose tal hombre, entre planos, aunque sus telas, sus cuchillos y su pan hayan quedado quietos juntos a la fría carne.
No hay comentarios:
Publicar un comentario