martes, 18 de agosto de 2015

travesía 2015-08-18

Miedo a la proyección, o el temor por la armonía del caos (parte 2)


(...)
Simbolizo a una figura gruesa, de voluntades imposibles de levantar y poner en báscula, no el personaje enjuto y antipoético que te abre las plumas raídas y casposas cada vez que se te presentó un cortejo. Figura erguida en dura sabia, no un giboso entuerto de varón poco animal y moralista barato. Si bien la criatura de hombre que comúnmente te rodea es espécimen viable reproductivo, carece de las técnicas prudentes en cuanto a lo que podría ser tu elevación más allá del aparato biológico. El que parece convertirse en apertura sólo se envuelve para luego transformarse en jaula de espeso musgo, hielo y levantamientos afilados. Una contención humana, un límite de hombre; yo soy todo lo contrario. ¿Entonces porqué lo que parece mejor es absuelto de una condición todavía no bien definida? Pues en el horizonte de lo que deseas tener pero no tendrás hay nubosidad, grandes cúmulos grises que cubren la sustancia latente (pues fue evidente cada paso dado y frase dicha) y que niegas tratar de alcanzar por miedo. Ese velo gris pesado y rugoso no lo mueves hacia ningún lado, es un pañuelo oscuro de tela tejido con los miramientos que has tenido para con los hombres desde hace un año y las virtudes fútiles que te fueron presentadas como dádivas en cada galanteo anterior. Una costumbra de cenizas húmedas sobre tierra infértil. Aquel baile que has hecho costumbre se vuelve la pieza más estéril dentro de todo el conjunto que te define como existencia física. Eres mujer de muchos años teniendo tan pocos.
Es porque tu yermo es infranqueable y fui (a velocidades, lo reconozco, inmensamente difíciles de atender) un portador de gran siembra. Es miedo a la fecundidad, temor al provecho humano biológico.
El temor es tan natural como la reacción de supervivencia, la mantenencia del inhalar y exhalar, sangre bombeada, impulsos electromagnéticos dentro de nervios inconmensurables. Emociones químicas, instinto. Fuiste instintiva, imposible refutar la calidad de tu resultado, pero te negaste a ser indicada como materia controlada desde el principio, pues si llegué con una bienvenida a recibirte, fue éste papel exacto y escrito con las letras más grandes y obvias que pude hacer.
El arrepentimiento aparece delicado tras el dolor por lo mal habido, pero destruye la misma conciencia y causa estupor mental cuando se yergue alto y negro por las cosas que no se hicieron.


Hoy volví a leer, sobre una hoja húmeda de papel, a Hölderlin y su conciza "Vida más elevada". Un descabellado aroma mineral, como el de la calle pavimentada luego de la lluvia y un aparecido sol, aparecióme bajo los ojos al llegar, raudo, a "el más alto sentido es la más noble vida".
Discrepo transversalmente con el alemán.

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